El comienzo
Madrid, sentada en una cafetería que me ha decepcionado.
Hoy empiezo un nuevo cuaderno. Lo empiezo con el propósito de reducir un poco la velocidad de las palabras que me cruzan la mente, en un intento de cazar al vuelo las que pueda y escribirlas con todas sus letras. Por intentar, intento también mejorar un poco mi caligrafía. Me encanta el caos y me encanta mi letra deshecha, pero me encantaría más ser capaz de leer mis propios pensamientos sin tener que llamar al ejército de la imaginación cada vez que recupero una libreta vieja.
En esta cafetería estoy incómoda. Encima me han traído un té que estoy segurísima de que lleva azúcar, porque está intragablemente dulce. He pedido que me lo cambien, por favor, por un descafeinado. Y me he puesto contenta porque, en realidad, me apetecía más que un té. Y porque, en realidad, me molesta un poco este romanticismo mío que me hace querer pintar todas las cosas nuevas de un color especial. Y porque me alegra que la normalidad me haya besado en los morros con su aliento descafeinado, sin azúcar. No todo tiene tiene que se perfecto para empezar algo que te ilusiona. De hecho, no debería ser ni lejanamente perfecto cuando lo estás empezando.
Madrid también es nuevo y tampoco es perfecto, y aún no sé si quiero quedarme para siempre, pero quiero aprender a habitarlo. Mi primer paso, además de comprarme este cuaderno, fue ir al Thyssen, a la exposición de Isabel Quintanilla. Bien sabe dios que no soy una apasionada del realismo, pero investigar sobre la filosofía de la artista, y escuchar su sonido ronco hablando sobre objetos, ausencias y luces, fueron el impulso definitivo para romper mis presunciones repipis, e ir.
Isabel decía que ella no pintaba personas, pintaba los objetos y las luces que recogían la ausencia. Decía que la luz siempre existe y los objetos también, incluso cuando todo lo demás no permanece. Incluso cuando abandonamos un lugar en el que hemos habitado, cualquier persona, sin conocernos, podría imaginarnos a través de nuestros objetos, nuestras luces, y nuestros espacios vacíos. Unos verían unas cosas, otros verían otras, en el margen de error no hay importancia. Y esto último no lo dice Isabel, lo digo yo.
Hubo un cuadro que me llamó especialmente la atención: Cuarto de baño. Lo observé por un buen rato, aunque no me hizo falta mucho tiempo para reconocerme en él. Un amigo mío vino a visitarme hace poco a mi recién estrenada casa, y al entrar en el cuarto de baño, dijo: Parece que llevas un mes viviendo aquí. Apenas llevaba una semana, pero era cierto. Porque el cuarto de baño estaba habitado hasta el último rincón.
Yo seguía diseccionando el cuadro cuando la explicación de una guía interrumpió mi pensamiento con su voz casi científica. Me copio de sus palabras, que según mi memoria decían algo así:
En este cuadro podemos verla a ella; una mujer coqueta, a la que le gustan los perfumes y los artículos de belleza. Y, en la parte inferior, bajo el desorden, nos encontramos también el neceser de una viajera.
Ahí estaba yo, en ese neceser de viaje me había encontrado. Y como me había encontrado, supe en ese momento que Isabel no era simplemente una mujer viajera. Y entonces las palabras de María Casares, y su ley del 75% me asaltaron. Y supe que Isabel, como María y como yo, era una mujer que amaba y vivía según esa ley. Una mujer que se pertenecía.
Puede que por fin haya dado con la clave para comprender cómo habitamos las personas como yo. Puede que para poder pertenecer profundamente, deba resignarme a hacerlo al 75%. Pero; ¿Cómo se compromete una al completo si sólo dispone de un porcentaje limitado de si misma?
La separación siempre es un acto de generosidad. Pues salvando ese 25%, en el que soy sólo mía y del cambio, pertenezco íntegra e indiscutiblemente a cada una de las personas, lugares y objetos que habito. Como esta casa en la que sólo viviré dos meses. Como Madrid. Como mi personalidad. Como este cuaderno. Como las palabras que dejo pasar por mis manos para llenar estas páginas con transparencia y honestidad, aunque mañana ya no se sientan mías por completo. Hay una parte que se queda dentro, para siempre, y que me permitirá reconocerme en ellas cuando todo lo demás cambie, también yo. Y podré irme, pero volveré. Y aunque sea sólo durante un ratito, lo haré al completo. En cuerpo y alma.
Esa es la condición primera para que yo pueda habitar: Nunca puede ser perfecto y siempre tiene que haber un neceser de viaje.


